Para Juanki
En estos días te he extrañado como si nunca nos hubiéramos separado antes. Y ese sentimiento parece ser una gran necedad porque hasta hace poco no soportaba recoger las medias olvidadas en la cocina, las preguntas incoherentes a mi punto de vista, el opaco complejo de inferioridad de tus palabras y la rudeza de tu voz al pronunciar mi realidad – hoy son algunas de las situaciones por las que mejor te recuerdo -.
Pero como no extrañarte a ti, ese con quien compartí el cuarto hasta los once y luego en la adultez por un año y medio más, con quien tengo tantas cosas en común aparte del parentesco; a ti, a quien cuidaba todo el tiempo como si fuera posible proteger a alguien del dolor de afuera sólo usando mi propia energía, como si fuera posible convertirse en el resguardo en las situaciones que “sabía” te pasarían, como si yo fuera mucho mayor para saber más, como si no confiara en tu valentía y creyera más en tu debilidad –esa inconsecuente creencia de lo que eras propiciada por los cercanos- y como si yo debiera ser otra madre.
Pero con el paso del tiempo no hubo necesidad de que cambiaras, yo abrí los ojos y observé eso que realmente siempre habías sido. Como cuando viste pasar el dolor por mi vida y me dijiste con convincente mirada: “tú eres más que eso, tú te mereces algo mejor”, siendo estas algunas de las inesperadas palabras sabias que pronunciaste como un caballero templado, palabras sabias de aquel a quien no debía tratar de sostener nunca más, porque aquel inventado niño débil había desaparecido para siempre desde mucho tiempo atrás y había dejado inteligentemente a este hombre de risa irónica e intuición de madre.
Dime mi “hermanito” adorado: ahora quién cuida a quién y ahora quién es el más valiente.
Pero como no extrañarte a ti, ese con quien compartí el cuarto hasta los once y luego en la adultez por un año y medio más, con quien tengo tantas cosas en común aparte del parentesco; a ti, a quien cuidaba todo el tiempo como si fuera posible proteger a alguien del dolor de afuera sólo usando mi propia energía, como si fuera posible convertirse en el resguardo en las situaciones que “sabía” te pasarían, como si yo fuera mucho mayor para saber más, como si no confiara en tu valentía y creyera más en tu debilidad –esa inconsecuente creencia de lo que eras propiciada por los cercanos- y como si yo debiera ser otra madre.
Pero con el paso del tiempo no hubo necesidad de que cambiaras, yo abrí los ojos y observé eso que realmente siempre habías sido. Como cuando viste pasar el dolor por mi vida y me dijiste con convincente mirada: “tú eres más que eso, tú te mereces algo mejor”, siendo estas algunas de las inesperadas palabras sabias que pronunciaste como un caballero templado, palabras sabias de aquel a quien no debía tratar de sostener nunca más, porque aquel inventado niño débil había desaparecido para siempre desde mucho tiempo atrás y había dejado inteligentemente a este hombre de risa irónica e intuición de madre.
Dime mi “hermanito” adorado: ahora quién cuida a quién y ahora quién es el más valiente.
Etiquetas: Gente, Reflexiones




